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André Robert: cazando al cazador

En el último respiro de la década, por ahí del 20 de diciembre, André Robert presionó REC por última vez. Frente al lente estaba Sergio, setenta y pico de años, en “su búnker”: una casa alejada al borde de la frontera con Nicaragua en la que se autoexilió hace 5 años. 

André grabó lo que tenía que grabar, hizo lo que tenía que hacer, apagó la cámara y con un alivio que no sentía desde que inició el proyecto cuatro años atrás, recorrió de vuelta las cinco horas que separaban el búnker de Sergio y su casa en San José. 

“Hubo un clic en el que yo dije: ‘ya, hasta aquí llegó’. Es algo muy extraño de explicar, a veces ni yo lo entiendo”, dice André hoy, desde su apartamento en Barcelona, cuando trata de apalabrar cómo es terminar un rodaje. “Hacer cine documental te fuerza a estar mucho en contacto con tu intuición para poder entender algo que es intangible. No hay una fecha, mucho es sentir ese momento. Y es súper frustrante cuando no te ha llegado porque nada te asegura que vaya a suceder.” 

Pero a André le llegó, por eso ahora, mientras responde la entrevista, exporta uno de las últimas versiones de su documental El Hombre de piel manchada. “Estoy poniéndole, el Work in Progress del Festival de Málaga nos pide el corte final para el 15 de febrero. O sea, pronto.”  

Retrato de André Robert Kissling. Foto cortesía de André Robert.

André tiene la mente dividida a la mitad: por una parte debe darle las pinceladas finales a la que será su ópera prima, y por la otra debe acoplarse a un nueva ciudad, nueva casa, nueva vida. Hace escasas semanas, a inicios de enero, arribó a Barcelona para quedarse dos años estudiando una maestría. 

“Lo dudé mucho. Como no he terminado la peli, yo estaba como: ‘ay, mae, voy a tener que estar haciendo los dos al mismo tiempo’ y me daba un poco de miedo, y después dije: ‘mae, estas oportunidades hay que agarrarlas ya’. A lo mejor me quedan los contactos y el ride de la maestría me puede ayudar a terminar un mejor producto. Entonces sí, me vine.” 

André, 29 años, pelo castaño, barba de tres días, tiene esa facilidad de chico fresa para horizontalizar la conversación. Los anglicismos acostarriqueñados abundan: ridear, suckea, heavy, y cuando está muy heavy: heavy metal

Estudiar afuera no es una experiencia nueva para André: en 2010 salió a Los Ángeles a cursar producción de cine y televisión durante cuatro años. “Cuando se dio la oportunidad de estudiar cine en Los Ángeles yo de verdad no sabía que yo quería hacer eso, fue algo que salió y que yo me mandé y ya” 

Fue hasta el tercer año de carrera cuando un intercambio lo encaminó. “Había un programa que te permitía sacar un semestre en Alemania. Era un semestre de documental y me aceptaron y me fui. Ahí yo dije: ‘mae, sí’, esta vara del documental, esta mirada de personas reales en situaciones que están ahí y que existen, me movió algo. De ahí empecé a indagar un poco sobre qué es mi mirada, qué es lo que yo tengo que contar.” 

Esta maestría que está sacando es, justamente, de documental creativo. “Es algo que he estado buscando mucho: este concepto de difuminar la línea entre la realidad y la ficción, y eso es un poco el punto de partida de El hombre de piel manchada.”

Cuando André escuchó lo que había hecho Sergio, el hombre de piel manchada, lo primero que pensó fue: “¿Mae, qué lleva a una persona a hacer eso?” Hace cinco años, en 2015, Sergio abandonó San José, agarró su rifle y construyó un búnker por La Cruz de Guanacaste para vivir solo y dedicarse a la cacería. Atrás dejó a sus hijos y al resto de su familia. En parte de ese “resto de su familia” quedó también André: su sobrino nieto. 

Sergio es el protagonista de ‘El hombre de piel manchada’. Foto cortesía de André Robert.

A puertas cerradas, Sergio había bloqueado la mayoría de visitas, pero para ese entonces el padre de André había fallecido hacía poco. “Él lo quería mucho, por eso estuvo anuente a que yo lo visitara”. André agarró su maleta y se fue a pasar un fin de semana al famoso búnker. Entre sus cosas, de casualidad, empacó una cámara. 

“Empecé a ver que él hablaba sin filtro, me contaba unas cosas que yo decía: ‘y, mae, esto está fuerte’. Y me lo contaba como equis. Después, cuando agarré la cámara y empecé a grabarlo, me di cuenta que registraba increíble, como que la cámara le era indiferente y me permitía estar muy cerca de él, sin esa sensación de tener una cámara encima, entonces yo dije: pucha, aquí puede haber algo interesante.” 

De regreso a San José armó un pequeño retrato de su tío abuelo con el metraje y se lo enseñó a una amiga suya: Gimena Cortés. “Lo vio y me dijo: ‘mae, esto está muy pichudo, ¿has pensado hacer un largo de esto?’ Y yo: sí de fijo.” 

Ximena entró como productora y mandaron el proyecto al foro de presentación del Costa Rica Festival internacional de Cine. Allí se quedaron con los dos premios, luego ganaron los fondos de fomento audiovisual del Fauno y listo: el proyecto era una realidad. Ahora había que hacerlo. 

André y Gimena Cortés, productora. Foto cortesía de André Robert.

El hombre de piel manchada será la ópera prima de André. Ya en su filmografía cuenta con varios cortometrajes: Zafiro, Martes, 8:30 y Marenco, entre otros. También ha estado detrás de unos cuantos videoclips. En el medio, y casi como una regla para muchos productores ticos, debió hacer publicidad. “La publicidad suckea, pero en Costa Rica me daba de comer, aunque bueno, ya el año pasado no. La vara en Costa Rica con el audiovisual está heavy metal.”

En su obra André suele retratar el enfrentamiento con el pasado. Zafiro trata sobre un joven que busca saldar cuentas con su padre recién fallecido —corto que André hizo poco después de la muerte de su papá—; Martes, 8:30 cuenta la historia de una mujer que, mientras hace una introspección con su terapista, fantasea con un despertar sexual; en Marenco rescata el legado del actor Álvaro Marenco a través de las experiencias de otros; y ahora con El hombre de piel manchada pone a Sergio a confrontarse con las consecuencias de haberle dedicado toda su vida a la cacería.

“Me gusta mucho el ride introspectivo, la nostalgia, la soledad, es algo con lo que me identifico mucho. De hecho el segundo proyecto —Mata Buey, todavía en proceso— también habla sobre dos personas aisladas del mundo y de sí mismas.” 

—¿Usás el cine para apaciguar el pasado? 

—De fijo sí. Yo siento que en mi caso con el cine digo lo que quiero contar, y una vez que lo cuento, ya, chao. Es como terapia, solo que es una decisión que te toma cuatro años, tenés que estar muy seguro de por qué lo vas a hacer porque le estás dedicando años de tu vida a un proyecto que ni quiera sabés si se va a hacer. 

Las palabras de André todavía guardan resaca de la filmación de El hombre de piel manchada. “Con esta peli, ¡pfff!, han sido cuatro años de: mae, dele. A veces sentía que estaba solo filmando la oscuridad y tratando de ver qué onda. Ha sido una película a punta de intuición: es muy difícil crear una estructura narrativa rodeando el personaje porque es una persona increíblemente volátil y muy difícil de trabajar. ¡Y para peores es familia mía!, lo que lo hace aún más personal.”

André junto a Sebastián Uribe (sonidista) durante el rodaje. Foto cortesía de André Robert.

Para la grabación, André armó un equipo pequeño. Sergio es huraño y para grabarle solo iban André en la cámara y un sonidista. “Muchas veces solo fui yo porque Sergio un día me decía: pasó tal cosa, véngase, entonces yo tenía que salir y manejar cinco horas de chepe al búnker para llegar y filmar y obviamente el sonidista no podía venir”. 

En total fueron unas quince veces al búnker. Hubo un par de rodajes largos, de unas dos semanas, en las que vivieron allí, junto a Sergio. Otros muy cortos. “Un día tuve que manejar cinco horas, grabar y devolverme, pero esa fue la dinámica, yo le aposté a esa historia.”

Al principio Sergio no se lo tomó muy en serio. Seguía muy bien el juego de la cámara, hablaba sin filtros, se exhibía. “Como que él no sabía que esto era una peli de verdad, o sea, el mae pensaba que yo era el nietillo ahí que estaba jodiendo con una cámara. Fue hasta que ganamos el Fauno que empezó a verlo ya con otros ojos y ahí sí se puso complicado porque, diay, él no entendía el proceso cinematográfico. Estábamos en Guanacaste, en ese sol dentro de la jungla, cansadisimo, con la cámara encima, en un lugar lleno de naturaleza, y pasaba algo y el mae decía: ‘si no lo grabó a la primera, ya no lo grabó’”.

Así fue la dinámica hasta que en diciembre de 2019 ese chispazo le dijo: ya, eso es todo. En la maleta se trajo 150 horas de metraje que, en una carrera contrarreloj, debe condensar en noventa minutos. “Ha sido una experiencia increíble, pero mae, ya estoy muy cansado.” 

Foto cortesía de André Robert.

En esta pista, una de las últimas paradas será la Zona de Industria del Festival Internacional de Cine de Málaga, en la que el proyecto quedó seleccionado dentro de la sección Work in Progress. “Va a ser una oportunidad rajada. Nos permite presentar la película frente a un jurado y no solo da premios, sino que también van a haber programadores de varios festivales ahí viendo a ver qué películas les interesa programar, va a haber postproductoras que quieran bretear algún proyecto que les guste, y también hay distribuidores tratando de comprar. Es justo lo que andamos buscando.” 

André espera tener una premiere mundial este 2020 y una costarricense para el próximo año. “¡Ughh!, ese día va a ser lo peor”, dice André cuando se le pregunta qué piensa de enseñarle el documental a Sergio. Le teme a las repercusiones que pueda tener en Sergio y en el resto de su familia. “No sé exactamente cómo le puede cambiar la vida a él cuando esto ya sea público. Eso sí me da mucho miedo, no sé cómo va a reaccionar él, mi instinto fue nada más hacer la película que yo quería hacer y ser fiel a mi visión sabiendo que yo no he hecho nada para herirlo a él ni comprometerlo, pero es una peli que te toca la moralidad de la vida, es una peli que está retratando a una persona que vive de una manera muy distinta.” 

El resultado es la historia de un hombre desfasado que, en el ocaso de su vida, debe enfrentarse al hecho de que no hay espacio para él en la Costa Rica de hoy en día. “Mi reto más grande es rescatarle la humanidad a una persona que ha hecho mucho daño, pero que no deja de ser una persona”. 

André volvió de guanacaste con el cazador guindando del gancho, ahora le toca exhibirlo sin sacrificarlo. 

Luis G. Cardoce [email protected]

Editor de la Revista deleFOCO, periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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