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Balance final de ‘The Last Dance’, la docuserie de Michael Jordan y los Chicago Bulls

Webinars de cine y producción audiovisual del Festival shnit San José

Vivimos en un momento donde las series y el cine comparten más vocabulario que nunca. La membrana que los separaba se atenúa, cada vez se invierte más en producciones seriales y la sofistificación del formato ha seducido a cineastas de la talla de David Fincher a darle más de un chance a sus aventura por la pantalla chica. 

En este contexto, The Last Dance viene a “recuperar” el viejo lenguaje televisivo. Comparte, por supuesto, el ABC audiovisual, pero es un producto 100% de TV que sabe potenciar sus herramientas para contar una historia magnética. 

Con todos los episodios ya estrenados en ESPN y listos para ver en Netflix, hacemos un pequeño balance de lo que nos ofrece la serie.

La serie documental sigue a Michael Jordan y sus Chicago Bulls durante la última campaña triunfal de ambos. The Last dance es rápida en introducirnos el conflicto: los Bulls vienen de ganar su quinto trofeo, pero choques internos con los dirigentes del club, la decisión de no renovar más al entrenador Phil Jackson y el posible retiro de Jordan, hacen entender que la temporada 97-98 será el cierre de la dinastía que dominó los noventa. 

Jason Hehir, director de los diez episodios, toma como espina dorsal la campaña 97-98, pero en paralelo construye una crónica del paso de Michael Jordan por los Bulls. Aunque los saltos temporales no siempre se sienten orgánicos, Hehir logra hacer que el pasado pese y sedimente el “presente” (97-98). 

En el camino también tendremos tiempo de conocer la historia de algunos secuaces de Jordan como Scottie Pippen, Dennis Rodman y Steve Kerr, y sus partes enriquecen, pero nunca salen del segundo plano. Aquí, como en los Bulls, la atención está en Michael Jordan. La lista de invitados es lujosa, hay miembros del salón de la fama de la NBA, estrellas pop y ex presidentes de los Estados Unidos, y todos hablan, casi exclusivamente, de Jordan (claro, esto es también una muestra del alcance del 23 como fenómeno cultural). 

The Last Dance es, en su mayoría, un documental de bustos parlantes. Los invitados cuentan su historia (o la de Jordan) a través de una entrevista, sentados en una silla, con la cámara perfectamente acomodada en un plano medio. En ese sentido, no brilla por arriesgar. Sus invitados importan más por lo que tienen que contar que por su tridimensionalidad. Por más impresionante que sea el calibre las voces que componen el relato, fungen más como narradores que como personajes. 

The Last Dance no es un documental íntimo, es una obra donde prima contar una buena historia de la manera más ágil posible. En el tradeoff, la serie pierde profundidad emocional pero gana vértigo. La apuesta de Hehir es utilitaria, y aunque uno pueda quejarse de lo pudo haber sido, no se puede negar que lo que es funciona. 

La historia avanza a buen ritmo, el montaje no se siente perdido entre tantas declaraciones y entrevistas. De lejos se ve que Hehir y compañía tenían bien clarito qué querían contar y cómo lo iban a hacer. La serie una estructura dramática más o menos, convencional, pero triunfa en sus posibilidades: hay drama, suspensos, emociones. Incluso cuando la entrevista tradicional se queda corta en retratar las luces y sombras de su protagonista, la docuserie encuentra pequeños momentos de vulnerabilidad en Jordan. No siempre logra separar al mito del hombre, pero cuando lo logra, pega. 

Además de las entrevistas, Hehir tiene en su arsenal una gran cantidad de material de archivo. Las imágenes están tomadas de primera mano: hay entrenamientos, reuniones grupales, reflexiones de Jordan en la habitación del hotel, juegos de cartas en la parte trasera del bus. La cámara está tan cerca del juego como se puede. Eso sí, rara vez sale del complejo deportivo para integrarse en la intimidad hogareña. Este metraje no muestra lo bueno que era Jordan con la bola en sus manos, sino también sirve como una pausa necesaria ante la constante narración oral. 

A The Last Dance hay que tomarlo por lo que es: un producto que captura el magnetismo de la TV tradicional, el drama, el relato ágil, la adicción de esperar cada semana el próximo episodio. No pretende contar más que un suceso deportivo y, en efecto, lo logra. Voy a robarme la metáfora de Steve Greene en su reseña para Indiewire: The Last Dance no es una pala que cava hasta el fondo, es un bulldozer que aplana el camino para que la pasés bien. 

Webinars de cine y producción audiovisual del Festival shnit San José
Luis G. Cardoce [email protected]

Editor de la Revista deleFOCO, periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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