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Cinco preguntas para entender el cine de serie B

Un buen grueso de las películas de serie B tienen todo para fracasar: presupuestos paupérrimos, efectos lamentables, un diseño de producción kitsch hasta decir basta y autores con delirios de grandeza que sucumben ante todas sus pretensiones. Aún así, decenas de personas se reúnen todos los jueves en la Sala Garbo a disfrutar, rescatar e incluso venerar estas obras. 

El fenómeno de las películas B no es nuevo ni tampoco es local, es uno que se ha cultivado a lo largo de décadas y que se celebra en miles de salas, cineclubes, tandas de media noche y demás reuniones de cinéfilos a escala mundial. 

¿Qué es una película de serie B? 

Lo primero que hay que entender es que la serie B no es un género como tal ni tampoco existe un consenso generalizado que lo categorice. Es decir, hay de todo: terror, ciencia ficción, western, dramas, romance, etc. 

Tienen, normalmente, ciertas características en común: son exageradas, desenfadadas, genuinas, de bajo presupuesto, rudimentarias, dirigidas y actuadas por figuras emergentes o ya en decadencia.

“Para mí es un espíritu de hacer cine”, dice Marco Prado, encargado del ciclo de serie B en la Sala Garbo. Es esa rebeldía cinematográfica de no jugar con las “reglas”, de impregnar una visión de autor sin que importe el presupuesto, las convenciones, la crítica o cualquier cadena creativa. Es bailar como si nadie estuviera viendo.

Este libertinaje tan desenfadado creó cientos de filmes y reacciones polarizantes: la serie B es amada u odiada, causa admiración o burla, nos deja obras maestras o tropiezos descalabrados. 

La serie B también se ha caracterizado por su particular estilo de afiches.

¿De dónde viene? 

El cine de serie B nació como una maniobra mercadotécnica. Las crisis económica de los treinta en Estados Unidos puso a las salas —al grueso del país, en general— en un estado cercano a la inanición. En una movida desesperada, las salas apelaron a uno de los trucos más viejos de la publicidad gringa: un 2×1. 

Se hizo una función doble: la película gancho, titular y glamurosa del viejo Hollywood precedida por una segunda película —la B movie— de bajo presupuesto, a veces experimental, a veces simplemente ridícula que fuera barata de producir, rentar y exhibir. 

El cebo resultó ser un completo éxito. En plena época dorada de Hollywood, la audiencia reclamó la serie B en tal medida que algunos de los estudios más importantes como Metro-Goldwyn-Mayer y RKO Pictures crearon unidades exclusivas para la producción de películas B. 

En el tercer cuarto del siglo XX, la serie B se hizo especialmente popular en el público adolescente. Las hormonas inquietas fueron alimentadas por estos filmes que normalmente se recreaban en temas más morbosos que las películas “A” (violencia, sexo, tabúes). La llegada del autocine también fue un impulso más que tuvieron los jóvenes para aprovechar las tandas tardías de películas B, sobre todo en los géneros de ciencia ficción y terror. 

Con el pasar de los años la función doble se fue utilizando menos y estas películas de clase B encontraron un público por sí mismas. El fenómeno se internacionalizó y emigró paulatinamente hacia la tevé y las tandas especializadas, como la de la Sala Garbo. 

¿Por qué gustan tanto? 

Como no es un género cinematográfico, las razones de su éxito son muy variadas. 

Por un lado, la burla es un factor grosero pero innegable en la veneración del cine B, especialmente hoy en día. Existe algún disparador en la psiquis humana que adora ver algo fracasar en todas sus pretensiones y muchas de estas películas son accidentes cinematográficos simplemente hilarantes. Es decir: son tan malas que se vuelven buenas. 

“Este tipo de películas te relajan un poco, te hacer ver que tal vez no todo tiene ser tan perfecto y te recuerda que ir al cine también es ir a divertirse”, dice Marco. 

Ese ingrediente cómico muchas veces viene desde el mismo título: El ataque de la mujer de 50 pies de alto, El cerebro que no moría, El ataque de los monstruos, La novia del monstruo, entre muchos —muchísimos— otros bautizos cuestionables. 

Por otro lado, muchas de estas películas se disfrutan porque su misma marginalidad las vuelve geniales. Al estar alejadas de lo que normalmente dictan las reglas de Hollywood, se sienten como una bocanada de aire fresco. Ese componente iconoclasta combinado con el desenfado creativo de los directores resultó en muchos de los momentos más memorables y revolucionarios del cine. 

Un ejemplo que encapsula estas dos características —genialidad y burla— es The Evil Dead, un clásico de terror venerado por su visión tan única que revolucionó al género, pero que al mismo tiempo tiene efectos especiales y decisiones narrativas tan cutres que la única respuesta posible es la risa unánime.

Fotograma de la película Evil Dead 2, todo un referente del estilo.

¿Quién las ve? 

El público es muy heterogéneo y depende de cuál es la película que se proyectará. La última función en la Sala Garbo —The Evil Dead— tuvo de todo: jóvenes, señores, parejas, visitas individuales, etc. 

“Para apreciar este tipo de cine se necesita tener cierta noción de la ironía”, explica Marco, “un humor negro, entender que lo que estás viendo es algo truculento, no es que la realidad sea así”. 

¿Cuál es su legado? 

Esa mirada tan única y despreocupada de la serie B también sirvió como una cachetada a los clichés de Hollywood. Nos dejó obras que hoy pertenecen a la élite del patrimonio fílmico por subvertir los géneros más gastados, como es el caso de The Good, the Bad and the Ugly (sí, esta joya pertenece a ese espíritu B) que presentó un nuevo enfoque sobre la trillada narrativa del western. 

Además, la serie B sirvió como un semillero para muchos de los cineastas y actores más icónicos de la historia: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brad Pitt, Leonardo DiCaprio, entre muchos otros que comenzaron en esta categoría de bajo presupuesto. También fue una gran influencia en la concepción referentes contemporáneos como Tim Burton, Quentin Tarantino y Guillermo del Toro. 

A inicios del siglo pasado, la etiqueta de “serie B” se usó por los críticos con un tono peyorativo, hoy, casi cien años después, son más queridas que muchas de las películas “A” que telonearon en las tandas dobles. Soslayar su influencia sería negar esa cualidad inventiva que da el cine —el arte, en general— sin restricciones. 

 

Luis G. Cardoce [email protected]

Periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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