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‘Clímax’: Inútil como una flor

Cuando la asombrosa coreografía de Clímax (2018) llegó a su fin y Selva (Sofía Boutella) proclamó triunfante: Dieu est avec nous! Sólo pude respirar hondo y pensar: “Hmmm… No”. Cuando la película terminó, y quedé en silencio ante la pantalla, sintiendo revueltos el estómago y el espíritu, sólo pude suspirar desesperanzado y preguntarme: “¿Qué… acaba de pasar?”. Y cuando después de sólo noventa y cuatro horas pude una vez más articular ideas coherentes, sentí desconcierto y rabia, como si la película me hubiera llevado al infierno por puro capricho de su creador, como si me hubiera molido a golpes sin ningún motivo ni propósito, y en un arranque de furia, consideré que, en ese sentido, Clímax era apenas técnicamente superior a The Human Centipede

Me pregunté: “¿Cuál fue el propósito de todo esto?” y no encontré una sola justificación ni un solo motivo para verla de nuevo. 

Y sin embargo la vi en Netflix una y otra vez y no pude dejar de pensar en ella, tratando de entender por qué era tan fascinante si, a fin de cuentas, Clímax no era más que una banal orgía de miseria y horror, filmada con cierto encanto, que no me brindó ningún mensaje, ni me ofreció nada valioso, y no me sorprendió descubrir que no era la única persona en pensar de esta manera: uno de los comentarios predominantes alrededor de Clímax afirma que es una película vacía, que es impactante y perturbadora por simple mal gusto:  

Owen Gleiberman, del Chicago Tribune, escribió: “Como cineasta, Noé es ahora un junkie del mal: Insiste, mediante niveles de tolerancia cada vez más insensibles, en alcanzar la mayor altura, y no tiene idea de cuándo termina estrellándose. Clímax funciona, al menos cuando está dispuesta a ser un drama humano. Pero luego se hunde cuando lo que vemos es Fame dirigida por el Marqués de Sade con un steadycam.”

Sí, sí, ya sé: Clímax es toda una proeza técnica y visual: su narrativa es transgresora y desafiante; sus actuaciones son asombrosas; sus coreografías, hipnóticas; su cinematografía es atrevida e innovadora y Gaspar Noé es un provocateur genial que no se limita a las convenciones del cine tradicional, etcétera, etcétera, etcétera.

Pero, no sé… ¿Es mucho pedir saber por qué Gaspar Noé me hizo atravesar ese infierno si no salí de él con una comprensión más amplia de la vida y la humanidad? ¿Por qué este director no aprovecha su talento, su medio y sus recursos para crear una obra artística que pueda darnos un mensaje más allá del shock value gratuito? ¿Por qué Gaspar Noé se empeña en contar historias cada vez más perturbadoras y carentes del menor significado o propósito? ¿Por qué, Gaspar Noé, por qué?

La respuesta podría parecer obvia: este peculiar director se ha ganado el término de provocateur debido a que sus películas son violentas, chocantes y subversivas; lo vimos con Seul contre tous, Irréversible, Enter the Void y Love. Es bien conocida su afición por hacer que el público se estremezca y las opiniones generales en torno a él suelen ir por las líneas de: “Es un inigualable genio” y “Es un pretencioso sádico”. 

Clímax no pretendía ser diferente; ya en el tráiler podemos ver una de las reseñas de Gregory Ellwood de Collider, que afirma, en grandes letras fosforecentes (a las que sólo falta un par de bocinazos): Gaspar Noe’s CINEMATIC DANCE PARTY will BLOW YOUR MIND. Y en su estreno, el director se sintió confundido e incluso un poco decepcionado de que, para variar, eran más quienes aplaudían que quienes se desmayaban o abandonaban la sala. 

Pero Noé lo dice como si fuera algo que sólo él sabe lograr, cuando lo cierto es que chocar y perturbar a las personas a través del arte se ha hecho durante siglos, y en sí mismo no constituye ninguna proeza ni logro. 

Encerremos a un grupo de personas intoxicadas con LSD en un entorno del que no pueden escapar: la pesadilla de cualquiera. Situemos a un niño y su madre alucinando en medio de este caos psicodélico de sexo y muerte: sabemos que no tendrán un final feliz. Mostremos a una joven embarazada ser golpeada en el vientre (Noé tiene una fascinación con esto, por algún motivo) por sus propias manos y las de sus compañeros, quienes además la incitan a que tome una navaja y se suicide: ahí tenemos un trauma para varios días. O tal vez sigamos a un joven celoso y paranoico acosar a su hermana y expresar con violencia cuánto la ama y desea sexualmente: sin palabras. 

¿Así que cuál es el propósito de una obra de arte que se dedique a provocar, impactar y perturbar sólo porque sí? ¿Hay algún valor o mérito artístico en ello? Estas preguntas nos pueden llevar a una reflexión sobre el propósito y la naturaleza del arte.

Está bien, seamos justos: No, Gaspar Noé no es un cineasta que sólo se guíe por el shock value; y no, no es que el cine o la televisión no puedan contar historias desgarradoras y perturbadoras. Ya desde los primeros minutos de la película, cuando los protagonistas son entrevistados y presentados en una pantalla de televisor, Noé parece ofrecernos una “sutil” advertencia sobre cuál será el tono de esta historia: el televisor está rodeado por una colección de cintas VHS entre las que podemos distinguir títulos como Suspiria, Saló, Un Chien Andalou, Possession, entre otras. Siguiendo esto, si consideramos Clímax como una película de terror psicológico que sigue los pasos de dichos clásicos, la pregunta se vuelve: “¿Pero qué otra cosa esperabas ver?”.  

El cine y la televisión están repletas de perturbadoras historias de terror y a ninguna de ellas se les pregunta por qué, a fin de cuentas ése es el propósito del cine de terror y si no nos gusta, somos bienvenidos a dejar de verlo. De igual manera, incluso películas que no son de terror poseen temas, momentos e imágenes que dejan el alma lacerada, pensemos en Schindler’s List, Hotaru no Haka (La Tumba de las Luciérnagas), Threads, o más recientemente, Chernobyl, para nombrar sólo unos pocos ejemplos. 

Pero he aquí el detalle: En estos ejemplos podemos argumentar que el principal propósito no era causar terror o perturbación de forma gratuita, sino que eran elementos en servicio de una historia y personajes que comunicaban un comentario, idea o mensaje que convertía la obra en algo más que un simple espectáculo monstruoso sólo porque sí. 

Ahora, ciertamente el arte no tiene necesariamente la obligación de servir a un propósito, pero quizá por una cuestión de integridad y de conciencia sobre el valor y significado de su responsabilidad artística, una obra (en este caso, de cine) debería proponer algo más allá del espectáculo… ¿Verdad?

En 2012, después de ver Srpski Film (Una Película Serbia) tuve una reacción similar a la que Clímax me haría sentir siete años después, pero la frustración fue mayor al leer los pretenciosos comentarios del director afirmando que su película donde el protagonista usa su pene erecto para sacarle el ojo a alguien, era en el fondo una alegoría política sobre cómo el cine serbio ha decaído como resultado de su aceptación de las convenciones políticamente correctas del cine occidental. 

No creo haber sido la única persona en levantar una ceja y exclamar: “….Ajá”.

Cuando inicié la investigación para este artículo, estaba anticipando el mismo tipo de argumentos pretenciosos sobre cómo Clímax servía de alegoría para tal o cual problemática social o política. Sin embargo no hallé tal cosa. A todas luces, la intención de Gaspar Noé no parece haber sido presentar una alegoría de nada, sino sólo contar esta historia individual. 

Con base en esto, para defender la película podríamos declarar que el cine no tiene por qué decir nada a nadie, Gaspar Noé no tiene por qué explicar o justificar nada, y que el arte y sus artistas no deben rendir cuentas por nada más que lo presentado. 

Y aquí podemos entrar en una discusión paradójica, donde cada bando parece tener el mismo grado de razón: “El arte debe decir/significar algo” versus “El arte no debe decir/significar nada”. “El arte sin un mensaje es como un perfume sin olor” versus “El arte no es una carta que deba comunicar un mensaje”. “El aporreo de las teclas de un piano o el ruido disonante de unos instrumentos no equivale a música” versus “¿Qué me dice de Stravinski o de Aloise Hába?” 

Recurramos al célebre prefacio de The Picture of Dorian Gray (El retrato de Dorian Gray): “A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente. Todo arte es completamente inútil.” 

Ahora bien, el que lo haya escrito Oscar Wilde no lo vuelve un dogma; de hecho, el mismo Wilde fue una especie de provocateur, quien con esos exquisitos aforismos, ambiguos y casi siempre satíricos, no pretendía sino provocar, impactar y confundir al status quo.  

Sin embargo, en este punto particular sobre el arte, Wilde sí parece estar hablando muy en serio, o al menos puede interpretarse de esa manera tras leer su respuesta al joven Bernulf Clegg cuando éste le pidió una aclaración sobre a qué se refería. Wilde respondió: “El arte es inútil porque su propósito es simplemente crear un estado anímico. No está destinado a instruir o influenciar acciones de ninguna manera. Es magníficamente estéril, y la nota de su placer es la esterilidad. (…) Una obra de arte es inútil como una flor es inútil. Una flor florece por su propia alegría. Obtenemos un momento de alegría al mirarla. Eso es todo cuanto ha de decirse sobre nuestra relación con las flores. Por supuesto, un hombre puede vender la flor y al hacerlo volverla útil para él, pero esto no tiene nada que ver con la flor. No es parte de su esencia. Es accidental.”

Hemos tocado, con esto, una de las aristas de la pregunta: si el arte tiene o debe tener un propósito. Otra de las aristas tiene que ver con el shock y la perturbación gratuitos, que podría llevarnos a preguntar si el arte debe ser siempre agradable, inspirador y bello. 

La noción de que el arte ha de ser bello y existe para ennoblecernos ha estado incrustada a lo largo de la historia, y aunque no es exactamente la forma en que lo definiría, sí hay una relación entre esta idea y mi idea de que el arte debería aportar algo a la humanidad.

En el prefacio, Wilde también escribe: “El artista es creador de belleza.”, y pocos pensadores contemporáneos han estado más de acuerdo con esta idea que el filósofo británico y ferviente conservador Roger Scruton, un hombre que falleció el pasado 12 de enero, unos dieciséis meses después del estreno de Clímax, probablemente sin haberla visto, pero es fácil imaginar qué habría pensado. 

A lo largo de su vida, Scruton mantuvo las opiniones más primitivas sobre prácticamente todo, pero es su perspectiva sobre el arte la que nos interesa ahora (ya que, probablemente, me habría dado la razón con respecto a Gaspar Noé). 

En 2009, Scruton presentó un documental titulado Why Beauty Matters, en el cual proponía que en el mundo contemporáneo (digamos, incluso… posmoderno) el arte se hallaba en estado de decadencia, desalmado y estéril, preocupado por reflejar la fealdad y perturbar sin decir nada, en vez de retratar la belleza, la nobleza y los altos ideales. Aunque el documental es de una hora, todo cuanto necesitamos saber sobre su argumento nos lo expresa Scruton en la introducción: 

“Si en cualquier momento entre 1750 y 1930, hubieras pedido a cualquier persona educada que describiera el propósito de la poesía, el arte o la música, habrían respondido: la belleza. Y si hubieras preguntado el porqué de ello, habrías aprendido que la belleza es un valor tan importante como la verdad o la bondad. Pero en el siglo XX, la belleza dejó de ser importante; el propósito cada vez mayor del arte era perturbar y romper tabúes morales. No era la belleza sino la originalidad (obtenida sin importar cuál fuera el costo moral) la que ganaba los premios. (…) Nuestro lenguaje, nuestra música y nuestros modales son cada vez más alborotados, egoístas y ofensivos, como si la belleza y el buen gusto no tuvieran un lugar real en nuestras vidas. Una palabra está escrita con letras grandes en todas estas cosas feas y esa palabra es: Yo. Mis ganancias, mis deseos, mis placeres, y el arte no tiene nada que decir en respuesta salvo: ‘Sí, adelante’. Creo que estamos perdiendo la belleza y que hay un peligro de que con ella estamos perdiendo el sentido de la vida.”

Nuestro conservador se habría estremecido ante la pesadilla psicodélica de Gaspar Noé, probablemente había planteado la misma pregunta: “¿Cuál es el punto de todo este horror?” y quizá más importante, habría lamentado que Clímax es una obra de mal gusto que no contribuye en nada a hacer de nosotros mejores personas.

Esto es así porque, para Scruton, la belleza del arte es una necesidad indispensable de la humanidad, sin la cual nos hallamos en un desierto; el arte sería una especie de remedio para los sufrimientos de la existencia, o como Gertrude Stein (Kathy Bates) dice en Midnight in Paris: “Todos tememos a la muerte y nos cuestionamos nuestro lugar en el universo. El trabajo del artista no es sucumbir a la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia”.

Ante esta hermosa declaración, sin embargo, podríamos preguntar: ¿Quién dictamina lo que el artista debe o no debe hacer? ¿Y por qué el trabajo del artista debe, necesariamente, ser no sucumbir a la desesperación sino ofrecer un antídoto? 

La opinión de Stein, en la película, puede estar basada en que, en términos generales, la concepción que tenemos del arte es esta: que tal como las tragedias para los antiguos griegos, las impresiones que nos dejan las obras artísticas deberían servirnos para reflexionar y abandonar la sala con mayor sabiduría o herramientas para afrontar la realidad. 

Scruton considera que la misión del arte es mostrar que la vida merece la pena, y su lamento pesa sobre cómo el arte moderno no desea cumplir esta tarea “sagrada”, más bien convencido de que sus esfuerzos no son capaces de redimir la contingencia de la vida: “El arte una vez hizo un culto a la belleza, ahora hace un culto a la fealdad. Ya que el mundo es perturbador, el arte también debería ser perturbador.” Esto es más gracioso en el documental cuando Scruton lo dice mientras contempla la “Fuente” de Duchamp en un museo.

Si no les ha convencido la argumentación de Scruton, no les culpo. En otro momento del documental, afirma: “Si una obra de arte no es más que una idea, cualquiera podría ser un artista y cualquier objeto podría ser una obra de arte”. Y, ciertamente, una obra de arte es una idea más la técnica que le permite materializarse, pero eso no es a lo que Scruton se refiere. Al decir eso, está afirmando que el verdadero arte es aquel que es bello y nos ennoblece, y que todo lo demás es una deformación. 

He aquí el principal problema con el documental de Scruton: bien pudo haberse titulado Make art great again. Apesta a una pretendida superación ilustrada que ve el arte “verdadero” o “bueno” como algo determinado y objetivo cuando, en realidad, esta determinación no es más que una ficción arbitraria. 

Además de ser una visión conservadora, estancada en la idealización de un pasado nebuloso, lejano y perdido, es una visión totalizante y paranoica, pues presupone que aquello a lo que se enfrenta (esta “tiranía” del arte moderno) también pretende ser una visión totalizante cuando, de hecho, no es más que un cambio de mirada, un rechazo a la determinación monolítica y dogmática por la que tanta nostalgia siente nuestro filósofo.  

Pero incluso peor: es una visión elitista, que parece reservar el título de “artista” sólo a ciertos Elegidos, siempre basándose en la ilusión de que “arte” sólo es aquello que nos legaron los antiguos genios de Grecia o los maestros del Renacimiento, y que todo lo que ahora pretende ser llamado arte es sólo un patética y desesperanzadora sombra del perturbador mundo moderno. 

No hay nadie que pueda dictaminar, con absoluta infalibilidad, dónde termina la línea entre lo que es arte y lo que no (especialmente si se basa en objeciones morales) y afirmar lo contrario es caer en una trampa: Es obvio que, debido a la finitud de nuestra condición humana, sintamos la necesidad de fijar un orden, incluyendo en el arte, pero esto no significa que dicho orden deba necesariamente existir en la realidad o naturaleza del mundo, y si el mundo no tiene un orden, si la realidad y la naturaleza humana no siempre son bellas y nobles, ¿por qué habría de serlo el arte? 

Recordemos que Wilde también escribió: “No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo. (…) La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo. Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo. 

El arte es, justamente, la expresión creativa, por medio de infinidad de actividades y medios, de todo cuanto podamos ver, pensar o sentir, y si la definición más allá de esto ha cambiado con el tiempo es justamente porque el arte no es estático ni aspira llegar a un punto final, no es un círculo que se cierra por completo e impide la entrada o salida de nuevas creaciones. La idea de que el arte sólo es lo bello, lo noble, lo puro, lo ideal, es limitada y precaria, y lo que es peor: mortífera contra el impulso creativo de la humanidad.

Un punto para Gaspar Noé y Clímax, supongo.

¡Pero… no tan rápido! Porque incluso si hemos abolido la idea de que el cine debería representar siempre la belleza o la nobleza de la virtud humana, aún no se ha zafado de la pregunta sobre si debe tener un propósito, o en otras palabras, si debe decirnos algo. 

Y… bueno, la respuesta es: no. 

Puede que el único verdadero requisito del cine sea que mantenga nuestra atención. Hay grandes películas que no requieren de una trama elaborada o compleja para ser entretenidas, más bien muchas prosperan justamente porque tienen elementos sencillos que les permiten explorar la complejidad. Podemos ver comedias como Airplane! (Dónde está el piloto) sólo para disfrutar de sus chistes, de la misma forma que podemos ver una película de terror o suspenso sólo para sentir la adrenalina. 

Las grandes obras, aquellas que recordamos y perduran, aprovechan su potencial creativo para hacer una declaración, ofrecer un punto de vista, plantear una pregunta o, dicho simplemente, darnos un mensaje; pero lo que es un mensaje para alguien puede ser mundano e irrelevante para alguien más, incluso si tal mensaje vino de parte del autor o no.

El arte es siempre una respuesta del autor a todo cuanto le fascina o atormenta, ya sea que tenga o no la intención de ofrecer algún mensaje sobre la sociedad o la vida, y Gaspar Noé no es la excepción. Toda obra de arte es siempre intencionada por parte de su autor, pero la intención del autor no tiene por qué ser la última palabra, ni su mensaje (o ausencia de) necesita ser definitivo. 

Esto queda más claro si nos fijamos en la “falacia intencional” de W. K. Wimsatt y Monroe C. Beardsley, un concepto similar a la “muerte del autor” de Roland Barthes, el cual propone que no existe una interpretación correcta o incorrecta de una obra artística; no debemos distraernos de su calidad individual y la intención de su autor, si bien completamente válida, no deja de ser sólo otra interpretación posible. Según esta idea, el arte carga la intención de su autor y cualquier mensaje que haya querido asignarle, pero sobre todo, el arte refleja al espectador, y la diversidad de opiniones sólo demuestra que es una obra novedosa y viva. 

El arte, especialmente expresado en la literatura, el teatro y el cine, cuenta historias, pero incluso una pintura de naturaleza muerta guarda en sí un destello narrativo, y un cuadro de Jackson Pollock bien podría ser un simple montón de salpicaduras como una representación del orden en el caos. 

En pocas palabras, el arte no existe para instruir, aleccionar, divertir, chocar, perturbar o comunicar algún mensaje social o político. Claro que un artista podría tener propósitos como estos, y su intención puede ser –o no- comunicar algún mensaje; pero aunque podamos utilizarlo como instrumento, el arte siempre acaba siendo la propia justificación de su existencia y no necesita más explicación.

Volvamos a Clímax. En muchas partes he leído y escuchado lo mismo: Clímax no dice nada, no tiene significado, es un espectáculo grotesco y vacío, y estoy de acuerdo con todas las personas que piensan así. 

Pero si algo nos ha quedado de esta perorata, entenderemos que esto es sólo una interpretación de una infinidad de posibles interpretaciones, y aunque nosotros no le hallemos el menor sentido, propósito o mensaje a Clímax, no necesariamente implica que alguien más no pueda hallarlo. 

Travis Bean, de Forbes, propone una interesante interpretación: “Cuando profundizamos en lo esencial de la trama, nos encontramos con una película que trata sobre el miedo de perseguir todo nuestro potencial. La película propone que no es el mundo quien nos impide cumplir nuestros sueños, sino la angustia interna y los obstáculos que con frecuencia ponemos frente a nosotros.”

Yo no sé si esto era lo que Gaspar Noé quería comunicar, en cuanto a mí respecta, él sólo quiso divertirse imaginando qué podía ser lo peor que estos jóvenes bailarines podrían experimentar. Pero puede que incluso para el director haya habido cierto tema o inquietud que le sirviera de inspiración, que no esté muy alejada de la interpretación de Bean sobre cómo el miedo y la presión social se pueden convertir en barreras.

El artículo de Bean hace referencia a una entrevista que SBS condujo con Gaspar Noé, y cuando le preguntaron si creía que eran las drogas las que revelaban o deformaban la personalidad, Noé respondió: “¡Miedo! El miedo y la inseguridad enloquecen a las personas. (…) Diría que es el sentimiento de haber sido engañado lo que vuelve a las personas paranoicas y agresivas. Y algunas sustancias pueden despertar partes de nuestro cerebro que no son civilizadas, así como suprimir las partes civilizadas.”

Tal vez la película nos obliga a reflexionar sobre nosotros mismos y hasta qué punto dejamos que los temores, inseguridades o rencores nos mantengan sometidos, hasta qué punto nos desencadenan, hasta qué punto nos vuelven tan salvajes como si estuviéramos bajo los efectos de una alucinación. 

“La muerte es una experiencia extraordinaria”, “La vida es una ilusión fugaz”.

Tal vez esto sea todo cuanto a la película le interesa decir, tal vez sólo busca preguntarnos si, incluso estando vivos, realmente estamos viviendo.

O tal vez no es más que una frase pretenciosa escrita por un cineasta que se cree más profundo de lo que es; no tengo idea.

Y en esas tres palabras está mi respuesta a la pregunta sobre qué cuál es el mensaje de Clímax y cuál es su propósito: No tengo idea. 

Pero tal vez esa no era la pregunta correcta, sino: incluso si Clímax no pretendía decir nada por parte de su autor, ¿qué me puede decir a mí?

No creo que alguien lo haya explicado tan bien como Mark Kermode: “Para Noé es difícil hacer algo impactante, porque en términos de empujar los límites de lo que es aceptable en el cine convencional ya ha hecho demasiado; él cree en la sobrecarga experiencial, es un porrista del cine extremo. Por un lado sólo puedes pensar: ‘¡Oh, Gaspar, vamos…!’, pero habiendo dicho eso, la película sí logró meterse bajo mi piel y me encontré pensando: ‘Quiero que esto termine más temprano que tarde’. Lo que la película trata de hacer es representar un descenso a la locura caótica, una especie de laberinto de horror infernal, y al mismo tiempo una parte de mí piensa: ‘¡Oh, Gaspar!’. No es nada que no hayamos visto antes. No creo que tenga ningún significado más allá de la experiencia inmediata de verla, ya que es una película sobre un descenso singular hacia el infierno, pero debo decir que son pocos los directores que podrían haberlo llevado a cabo tan bien como Gaspar Noé”. 

Clímax sigue sin gustarme. Me parece gratuitamente perturbadora y pretenciosa y no se la recomendaría a mi peor enemigo; pero no era la película para mí y es todo cuanto puedo decir. Por decepcionante que parezca, el arte no se trata de propósitos o mensajes, no tiene más significado o valor que el que le asignamos; es la “rabia de Calibán ante el espejo” porque es tanto un reflejo del artista como nuestro. Puede que el mensaje esté bordado en el tapiz de la obra como un todo, puede que no, pero siempre que el espectador experimente la obra, se desarrollará un significado. 

Luis Acosta Casanova [email protected]

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