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Crítica de Clímax: un filme que brilla tanto como falla

A Gaspar Noé le gusta revolver a la audiencia. Eso nunca ha sido un secreto. Su primer largometraje, Solo contra todos, incluía un temporizador que invitaba al público a abandonar la sala en los próximos treinta segundos. Veinte años después, Noé continúa su línea con Clímax, un filme que incluye incesto, LSD, hedonismo, homicidios y que aun así no impacta tanto como debería. 

Clímax trata sobre un grupo de bailarines franceses que se encierran en una escuela vacía para celebrar su próxima gira en los Estados Unidos. La fiesta arranca bien hasta que alguien revuelve LSD en la sangría sin que nadie se de cuenta. Apenas el narcótico hace efecto, lo que podría ser un mal viaje se transforma en un completo infierno de hedonismo, violencia y desesperanza. Similar a filmes como El señor de las moscas o El ángel exterminador, cada rastro de decencia o de máscara social se desvanece y todos los personajes experimentan un abrupto descenso hacia la locura y la paranoia generalizada. 

Como cualquier película de Gaspar Noé, Clímax genera amor u odio y ambas reacciones tienen justificaciones válidas. 

Comencemos por lo bueno. La premisa se alínea perfectamente para que Noé de rienda suelta a toda su imaginería más brutal. El completo descontrol, la hipocresía de las normas sociales y la inhibición son temas con los que Noé se frota las manos y que con mucho gusto —o disgusto, como quiere él— amplifica hacia la audiencia a través de sus ángulos tan subversivos. 

A nivel narrativo, Noé apuesta por por una exposición casi documental que funciona bastante bien. Primero introduce los personajes a través de unas entrevistas en VHS en las que los miembros comentan sobre sus expectativas en el mundo de la danza, las drogas, el sexo y la homosexualidad. Luego pone la cámara a espiar conversaciones entre los bailarines que sirven como preámbulo para las torturas que sufrirán apenas el LSD haga efecto. 

Todo lo relacionado a la fotografía es simplemente deslumbrante. Climax es un alarde visual en el que Noé retuerce la cámara con unos planos secuencia larguísimos y maravillosamente coreografiados en los que el lente flota, gira, sube y baja al ritmo de la demencia neón de sus personajes. Los actores (pese a ser el debut de muchos) lo dan todo: encarnan esta demencia alucinógena y salen con nota muy alta, especialmente Sofia Boutella. 

Sin embargo, todo lo bueno de Clímax es, paradójicamente, también lo malo. Noé gasta todos los recursos creativos que tiene, los exprime hasta arrancarlos de cualquier impacto o significado. Las cintas del inicio, los planos secuencia, las conversaciones, todos sus artilugios funcionan al principio pero a través de la redundancia pierden su valor y caen en la completa gratuidad. 

Hay momentos en los que parece que a Noé le gana la soberbia y crea imágenes porque puede y no porque debe. La insistencia por perturbar al espectador se siente un poco desesperada y diluye esa sordidez hasta convertirla en algo desagradable pero no impactante. Incluso al final, cuando la película alcanza su punto más estridente, queda una sensación de que algo sobra. 

Pese a estas detracciones, Clímax es toda una proeza técnica de la que se puede aprender mucho. Tanto por lo que funciona como por lo que no. Si el espectador logra sintonizarse con Noé, el filme se convierte en una experiencia cinematográfica que no se vive todos los días; si no, es una película donde sus momentos más intensos se sienten superficiales. 

 

Próxima función: Lunes 15 de julio a las 6:40 pm en el Cine Magaly. 

 

Luis G. Cardoce [email protected]

Periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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