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Nadie está hablando de Star Wars

*El siguiente artículo contiene ligeros spoilers del episodio IX de Star Wars

El ascenso de Skywalker dejó algo que nunca había sucedido con una película de Star Wars: indiferencia. Podrá haber superado ya la barrera de los mil millones de dólares en la taquilla, pero parece que se ha quedado corto como fenómeno cultural. 

El episodio VII El despertar de la fuerza avivó el interés colectivo por una de las sagas más populares del mundo, su sucesor, Los últimos jedi, probablemente generó más discusión —sobre todo divisiva— que ninguna otra película de la saga, pero apenas a un mes del estreno del episodio IX, parece que a nadie le interesa hablar de Star Wars. 

Su bajo impacto en el inconsciente colectivo se dimensiona mejor cuando se coloca al lado de Avengers: Endgame, otro cierre de una épica popular (dirigida por la misma compañía) que dominó desde los foros de Internet hasta las sobremesas durante al menos un trimestre. Es más, con todo y el odio que acumuló la octava temporada de Game of Thrones, en el aire se sentía que ese era el tema del momento. 

Entiendo que mi experiencia individual no necesariamente es una radiografía del mundo, pero debo admitir que en ninguna cena de fin de año saltó sobre la mesa el tema de Star Wars. Basta con ver las tendencias de Google para mostrar cómo la nueva trilogía no pudo hacerle honor al entusiasmo con el que inició en 2015. 

Búsquedas de ‘Star Wars’ en Google desde enero de 2015 hasta el 21 de enero del 2020.

Desde el “fracaso” en taquilla de Solo, se veía venir un final complicado para la saga, pero aún así episodio IX logró ser una película tan rala que puso al fandom más ruidoso del cine a hablar poco. 

Construido para ganar, destinado a perder

El ascenso de Skywalker tenía la clara intención de complacer a la mayor cantidad de gente posible, pero principalmente a un grupo en específico: los fans. En ese sentido, el director y productor J.J. Abrams les dio lo que querían: un linaje poderoso a Rey, tributo a Leia (este es muy comprensible debido a los honores póstumos hacia Carrie Fisher), a Rose le dio poco por hacer (probablemente el personaje con el odio más gratuito de todo el cine), un villano fundamentalmente vil (a diferencia de la escala de grises en Kylo Ren), incluyó más escenas de acción trepidantes (bien construidas, créditos donde se debe), reaparecen los Ewoks y Landa e incorporan un nuevo droide para vender juguetes.  

El filme parte más de una lista de complacencias que de un guion. La obra de Abrams está tan empecinada en caerle bien a todos que hasta se olvida de lo que dijo en la misma película. Por ejemplo, a la mitad del filme le preguntan a Rey su apellido y con mucha honra responde: solo Rey, complaciendo a quienes disfrutaron que sus orígenes fueran ordinarios. Una hora después, al final de la película, tacha ese “solo Rey” y le agrega gratuitamente el “Rey Skywalker”, porque los fans no podían vivir sin que alguien de este linaje cuidara la galaxia. O al menos eso asumieron los encargados del filme. 

Y no lo hace solo en lo que corresponde a la historia, sino también en las lecturas políticas. Por ejemplo, complace a la población diversa al incluir el primer beso homosexual de la saga, pero también hace eso beso lo suficientemente intrascendente como para poder cortar la escena en los países fundamentalistas. 

Con tantas toneladas de fanservice y juego a la segura encima, El ascenso de Skywalker se transforma en una película microondas: calienta y calienta pero nunca cocina. 

Una trilogía desconectada

Basta con ver El despertar de la fuerza para saber que Abrams quería construir la nueva trilogía jugando a lo seguro con los fans. Abrams dibujó la primera entrega con el Episodio IV de la tríada original como calca: una estrella de la muerte, un villano de negro y unos guerrilleros liderados otra vez por la princesa Leia. 

Por eso, cuando Los últimos jedi marcó el divorcio entre los fans más conservadores y la saga, no le tembló el pulso para deshacer todo lo planteado por Rian Johnson en el episodio VIII. Y sí, se puede decir que Johnson también borró todo lo planteado por Abrams en el filme anterior, pero guste o no (y mayoritariamente no gustó) no se puede negar que Johnson al menos trató de subvertir los mitos Star Wars.

El único arco que Abrams mantiene es el de la conflictiva relación de Kylo Ren y Rey. Esa ósmosis que crea la conexión entre ambos a través de la fuerza es probablemente la adición más valiosa, constante y sincera que le aportó esta nueva trilogía al universo de Star Wars. 

Más allá de eso hay pocos puentes entre los tres filmes. Se podría decir que El ascenso de Skywalker parece más una secuela de El despertar de la fuerza que un final cohesivo de la trilogía. Pero ni siquiera de eso estoy del todo seguro: Abrams pasa tanto tiempo borrando el episodio VIII que se olvida de dónde viene la historia. 

Individualmente las tres películas no son un desastre, lo más probable es que uno se la pase bien viéndolas, pero como un todo no te dicen nada. A final de cuentas nos quedamos con una trilogía en la que cada película cancela a la otra y lo único que las une es un sable de luz que ya se va apagando. 

Luis G. Cardoce [email protected]

Editor de la Revista deleFOCO, periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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