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Por qué deberías ver Neon Genesis Evangelion

Neon Genesis Evangelion es un animé post apocalíptico con robots gigantes y muchachas bonitas que trata sobre la depresión.

Esa disonancia entre forma y contenido no es mucho más que un cebo, desde el primer capítulo la serie tiene bien clarito a lo que va: la percepción de uno mismo, el aislamiento y la eterna dualidad entre el placer y el dolor que nos provocan las relaciones interpersonales.

El viernes 21 de junio Netflix puso a disposición del público esta maraña psicológica que se ha ganado un lugar privilegiado entre las series de culto. Su proyección es todo un hito debido a que la serie históricamente ha sido de difícil acceso —normalmente pirateada—, de hecho esta es la primera vez que está disponible en una plataforma de streaming con todas las de la ley.  

La premisa del animé es la siguiente: después de un cataclismo llamado “el segundo impacto”, la humanidad quedó al borde de la extinción. NERV, una organización paramilitar, protege a Tokio 3 de los ataques de seres de origen y naturaleza desconocidos llamados “Ángeles” que desean provocar un “tercer impacto” y eliminar por fin al ser humano como lo conocemos. Para derrotar a estas criaturas, NERV construyó unos robots humanoides —mechas— bautizados como “Evas” que solo pueden ser pilotados por adolescentes que cumplen ciertos requerimientos.

Sin embargo, apenas la serie toma impulso, el enfrentamiento entre robots y bestias pasa a segundo plano y el protagonismo cae en los sentimientos de sus personajes; normalmente marcados por síntomas freudianos.

El protagonista, Shinji Ikari —como cualquier adolescente confundido— no es un héroe a la usanza: es débil, miedoso, autocompasivo y su nulo sentido heróico es frustrante pero genuino. Neon Genesis Evangelion es una retrato realista de cómo la presión —en este caso la de salvar al mundo— puede soltar las tinieblas de la psique y devorar la personalidad hasta dejar un cascarón.

Las sombras de sus personajes pesan y sus miedos son alimentados por la constante tentación del aislamiento. Huir, desaparecer de las responsabilidades son deseos —incluso necesidades— centrales de sus protagonistas.

Estarán disponibles tanto la serie de 26 capítulos como las dos películas The end of evangelion y Evangelion Death (True)²

 

La obra se empeña en mostrarnos cómo la visión que tenemos sobre nosotros mismos depende en gran medida de la visión que tienen los demás. El mundo es un espejo, pero con los cristales rotos de la depresión es casi imposible no verse a sí mismo como una figura empequeñecida y fragmentada, como lo hace Shinji cada vez que se ve reflejado en una pupila ajena.

Las heridas emocionales de Shinji no vienen de sus enfrentamientos con los “Ángeles” sino de sus relaciones con las personas. La serie hace referencia directa al dilema del erizo. Esta parábola del filósofo Arthur Schopenhauer explica que para sobrevivir el invierno los erizos deben juntarse y compartir su calor corporal. Pero hay una trampa: si se acercan demasiado, se clavan las espinas, si se aíslan, se mueren de frío.

Shinji vive en este estado perpetuo de toma y jala: cuánto más logra conectar con las personas, más lastima y lo lastiman. Sus conexiones lo alimentan, lo agrandan, después lo golpean, lo disminuyen hasta que él mismo se exilia en una prisión invernal donde tampoco puede sobrevivir.

El reto de Shinji está en encontrar la distancia ideal entre las púas y la tormenta, siempre consciente que la existencia de esa combinación de dolor y frío es inevitable por una condición humana urgida de conexiones pero propensa a la fragilidad.

El gran mérito de Evangelion está en mantenerse relevante debido a su aproximación tan sincera a las luces y sombras del alma. Es una oda a nuestra delicadeza y se celebra con un trago agridulce. Hideaki Anno, su creador, admitió que la obra nació como respuesta a una fuerte depresión y la honestidad que tiene con sus propias tinieblas es —paradójicamente— un acompañante luminoso para quienes más lo necesitan.  

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 350 millones de personas sufren depresión en el mundo. En una industria cultural en la que priman las historias grandilocuentes con héroes arquetípicos que son capaces de superar cualquier obstáculo sin acarrear ningún desgaste emocional, siempre es refrescante ver un protagonista enfrentarse a sus propios demonios, no para asustarnos o restregarnos en nuestros miedos e inseguridades, sino para reconocer nuestra humanidad en común.

Luis G. Cardoce [email protected]

Periodista y productor audiovisual especializado en temas de cultura y sociedad.

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