fbpx
 

‘Río Sucio’ / Estado, familia y propiedad

Ver Cortometrajes del Festival shnit San José

Por: Luis Chaves

Se puede decir que Río Sucio, la más reciente película de Gustavo Fallas, transcurre, “sucede” tal vez sea el verbo preciso, de principio a fin bajo la presencia de dos estados del agua: el caudal del río, que aparece y desaparece en la pantalla igual que en su serpenteo montaña abajo;, y los bloques de neblina que cruzan lento y despacio, como un  ganado fantasmal, el paisaje natural y agrícola (lo trascendente frente a lo administrativo) de los cerros de Tarrazú (también se rodó en San Jerónimo y San Carlos). 

Víctor (Elías Jimenez) es un hombre solo y mayor, menos austero que penitente, que vive apertrechado en su finca con agua pero sin electricidad, atormentado día y noche por las intenciones de su vecino (de quien solo conoceremos una casa también de madera en el cerro de enfrente). No bien entramos a enterarnos de la paranoia del viejo, se abre la puerta de un bus allá a la distancia y desciende Ricardo (Fabricio Martí), el nieto adolescente que le endosan por razones que se develarán más adelante. 

El viejo habla poco y solo en tono admonitorio; el adolescente, nada. Habla el río y habla la neblina que aparece cada tanto como un coro griego ectoplásmico. Y sabemos las noticias que traen los coros griegos.

Luis Chaves, autor del artículo, es un reconocido poeta costarricense. Foto: IEA de Nantes

Hay un robo de una ternera, hay una serpiente que pica a Ricardo, un centro de pueblo con Seguridad Social, hay unos anteojos que subrayan la ceguera incipiente (real y metafórica) de Víctor. Está el Indio (Edgar Maroto, otro descubrimiento de Fallas como lo fue Leynar Gómez en “Puerto Padre”), cuidador de la finca del vecino y antiguo peón (prácticamente esclavo) de Víctor; y está la noticia de “un fugitivo” que escapó de la cárcel y acecha la zona.

En Río Sucio vemos el retrato de un mundo de hombres. Es tan mundo de hombres que la participación de Heidy (Gladys Alzate) queda apenas —siendo generosos— justificada. Tan mundo de hombres que Víctor vive sin refrigerador y —como me lo señaló una amiga— ni una sola vez se le ve preparándole algo de comer a su nieto (casi como cavernarios, comen apenas tepezcuintle y huevo duro). Es un mundo de hombres, de hombres armados y listos para disparar.

Pero hay un tema que atraviesa a Río Sucio con tanto poder que convierte a los otros (se habla de odio y paranoia) en apenas síntomas de un trastorno mayor: la propiedad privada. Río Sucio no excluye a ninguno de los tres pilares de aquel tratado divulgativo de Engels de 1884, El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada. Tenemos: (familia) Ricardo (nieto de Victor), (Estado) la clínica del pueblo, (propiedad privada) la finca de Víctor y la finca del vecino.

La fotografía de Gabriel Serra no está ahí para registrar una historia si no que se convierte en otra de las voces narradoras, lo mismo que la música al mismo tiempo discreta y ubicua de Alex Catona. Con ellos, Gustavo Fallas entrega esta mirada crítica sobre las armas de la masculinidad (menos las físicas que las emocionales/psicológicas) y un relato donde lo rural no tiene nada de pintoresco.

Con el respaldo de la Ley, lo dice Víctor pero con palabras todavía más rudimentarias, las armas están cargadas para disparar a quien cruce los límites de la propiedad. La propiedad privada como valor sagrado por encima de la vida. Poco a poco, al ritmo de la niebla, se subraya la presencia, no como personaje sino como concepto, del otro gran protagonista del largometraje, el fugitivo.

Ver Cortometrajes del Festival shnit San José
Prensa deleFOCO [email protected]

deleFOCO es una organización con fines culturales que a a través de servicios y proyectos innovadores buscamos apoyar e impulsar el cine y el audiovisual en Costa Rica.

No Comments

Leave a Comment

Ver Cortometrajes del Festival shnit San José